Una de las
inquietudes fundamentales de las instituciones actuales europeas se
basa en el mantenimiento del equilibrio en la distribución de las
comunidades humanas de los diferentes territorios.
Las comunidades del entorno rural han sido
cuna de innumerables emigrantes, los cuales en una época viajaron
a América, en busca de superficie para la labranza, después se trasladaron
a los valles en los que se desarrolló la industria, y en la actualidad
van a los gigantescos centros de servicio. Los habitantes del medio
rural siempre nos hemos dirigido allá donde se podía ganar la vida
más fácilmente. Si a eso le sumamos los efectos de la evolución de
la demografía, nos encontraremos frente a frente con las razones del
enorme declive acaecido en el siglo XX en las zonas rurales.
Los problemas tanto individuales como
sociales generados por la aglomeración de gente en los centros urbanos
monumentales son cada vez más evidentes. Si a ello le sumamos, además,
que cada vez el horario laboral es más reducido, vemos que poco a
poco el entorno rural va adquiriendo mayor importancia en la satisfacción
de la necesidad de ocio que se genera.
Por consiguiente, las citadas instituciones europeas han considerado
imprescindible echar una mano a las comunidades que han perdurado
en el entorno rural lejos de las frías y particulares normas de la
macroeconomía.
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